Nota de Tapa

Musa Azar: “Si me ordenaban matar, yo ordenaba matar”

El ex hombre fuerte del juarismo accedió a una entrevista exclusiva con LA COLUMNA, donde cuenta detalles íntimos de su rol dentro de las fuerzas de seguridad. Se declara inocente de las acusaciones en su contra, sin embargo, asegura que todo lo que hizo fue en nombre de la Patria y dentro de la ley. Tuvo todo el poder entre sus manos, hoy es el hombre más condenado de la provincia.

El timbre suena tímidamente en la casa ubicada en calle Moreno (N), entre Rivadavia y Andes. No hay número en la entrada. Sólo por deducción, se estima que corresponde al número 67. Segundos después, la puerta se abre de par en par, y él aparece camuflado detrás de una enorme sonrisa, mientras da la bienvenida a sus visitantes. Sus canas, sus bigotes, sus pasos lentos y, fundamentalmente, una sonrisa compradora, lo asemejan a un abuelo querendón, de esos que los niños aman con locura, que regala golosinas o que siempre tiene un consejo a flor de piel para sus nietos o para quien quiera oírlo. Tiene cara de abuelo bueno. Es más, si tuviera barba, podría confundirse con el abuelo de Heidi…

Acompañado de un hombre joven, invita a ingresar a su casa. Por un pasillo conduce hasta una amplísima sala, donde se entrelazan la cocina, el comedor y el living. Unos viejos sillones, heredados del “amor de su vida” -como él califica a Gilda Salomón, la única mujer a la que amó de verdad-, rodean a una pequeña mesa ratona, en la que se destaca un arreglo floral –luego dirá que lo preparó con sus propias manos-. Una inmensa pantalla de televisión ocupa un lugar fundamental de la estancia, a su lado, una vieja fotografía de una joven mujer -¿su madre?-. En otro mueble hay un par de fotos actuales de uno de sus hijos y su joven esposa. Un óleo inmenso da vida a una pared inmaculada. Hacia uno de los costados, un ambiente moderno se adueña de la cocina.

Toda la estancia se ilumina con la luz solar que ingresa del fondo, donde se puede ver un inmenso jardín. Una pequeña perra, de raza indefinida, ladra sin parar, huele a los visitantes, los husmea, los vigila. Detrás de unos inmensos anteojos oscuros, el dueño de la casa parece vigilar casi de igual modo que su mascota. Escudriña a los extraños, los husmea, los estudia…

En ese ambiente, que a simple vista parece una casa acogedora, ese hombre transcurre sus días. ¿Quién ese hombre? ¿Quién es ese personaje que se escuda detrás de esa sonrisa, de esos anteojos oscuros, de una campera marrón tantas veces fotografiada?

Su nombre fue mencionado infinidad de veces entre los ex presos políticos de los años de plomo y entre los familiares de los desaparecidos, siempre señalándolo como responsable de crímenes de lesa humanidad y de las peores atrocidades. La justicia les dio la razón a todos ellos. Sucesivas condenas de prisión perpetua confirmaron su participación y culpabilidad en todos los hechos señalados.

Ese hombre fue llamado el “Ángel negro”, pues se lo consideraba el dueño de la vida y de la muerte de los que anduvieran por esta tierra. La suerte de los santiagueños parecía quedar en sus manos y en la del “grupo de tareas” que él lideraba desde antes de la dictadura e incluso en plena democracia.

Ese hombre, ese hombre no es otro que Musa Azar.

FRENTE A FRENTE

Con sólo mencionar a Musa Azar, todas las palabras parecen de más. La descripción de abuelo bonachón cae de bruces, y esa imagen de ambiente hogareño se desploma en un abrir y cerrar de ojos para cualquiera que haya oído su nombre.

Los visitantes, que no son otros que los periodistas de LA COLUMNA, saben de qué se trata todo. Saben que detrás de esa fachada de bondad no está un hombre cualquiera, un hombre más. Al contrario, están frente al hombre al que la justicia calificó como represor y genocida.

Antes de comenzar al diálogo, la más joven de las periodistas casi queda paralizada. Azar invita a tomar el lugar que más les plazca a los visitantes. Cuando ella, le sugiere, con toda su amabilidad y temor que se siente en un cómodo sillón, con un tajante, imponente e intimidante “No”, la enmudece. Sólo dos letras bastaron para sacar a relucir su costado más oscuro, aquél que pretende minimizar.

Sin embargo, la charla transcurre sin mayores rispideces. Incluso en un momento cuando pide permiso para interrumpir la charla y atender a un enviado judicial, indica que los periodistas abran las alacenas y se preparen su propio café, con total libertad, ¿o era un modo de probar lo que hacían?

Al principio, Azar intentaba timonear la entrevista para su lado. Estudiaba a los periodistas, sus gestos, sus modos, sus habilidades. Hablaba, pero no decía demasiado. Después de casi dos horas de charla sobre su infancia, sus padres, sus estudios, sus amigos, sus hijos, sus mujeres y sus pasatiempos, se afloja. Recién cuando se siente seguro ante LA COLUMNA se entrega de lleno a las preguntas que interesan, las que hablan de lo que hizo, de lo que dejó de hacer, de las órdenes que dio, de las vidas que tuvo en sus manos, de las acusaciones en su contra –de todas las cuales se asegura inocente- y de los momentos más cruentos de la historia contemporánea de los santiagueños.

Muza Azar, el hombre que fuera considerado el hombre más poderoso de Santiago del Estero, hoy convertido en un anciano de 82 años que no tiene pelos en la lengua a la hora de hablar, responde a los interrogantes, aunque muchas veces sus palabras parecen ir y venir, sin correlación alguna.