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Una vida irrecuperable

Lo normal es que los hijos vean morir a sus padres. Las circunstancias de la vida a veces someten a las personas a un trastrocamiento de ese curso habitual de las cosas. Cuando eso sucede el dolor de la persona es casi irrecuperable más aún si la muerte puede ser motivada en un hecho desgraciado y que proviene de la propia mano del ascendiente.

Nadie está exento de una tragedia. Nadie tiene la paz comprada ni la vida solucionada.

A veces la vida es tortuosa y se constituye en sí misma en una pena implacable, vengativa, pérfida.

Recientemente un padre dejo a su pequeña hija de dos años olvidada dentro del auto en la puerta de su casa.

Pensó que la había llevado a la guardería pero el destino y su mente le jugaron una mala pasada y el final fue encontrar a su pequeña hija sin vida cuando se aprestaba casualmente a buscarla al jardín.

Hablan que venía de un episodio de ACV, que esto le pudo provocar una laguna o amnesia temporaria.

Si fue así o no, es lo de menos, el resultado acaecido: la muerte de la pequeña ya no tiene vuelta atrás y el dolor que invade a ese hombre no tendrá consuelo en toda su vida.

Lo que le sucedió a él, le puede pasar a cualquier persona en una situación de tensión máxima, y es que la vida hoy día nos mantiene perturbados a todo momento, vivimos al límite y las consecuencias son variadas, algunas como estas no tienen ni explicación ni paz.

La rutina diaria, los problemas, las angustias, las peripecias que debemos sobrellevar en este mundo caótico y convulsionado desde todo punto de vista nos aletarga el espíritu, nos obnubila la razón y aunque querramos no somos nosotros mismos.