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Andá a lavar los platos

El otro día venía por la Roca cuando, de golpe, pasó un bólido por mi lado derecho y, con una maniobra temeraria, me sobrepasó en un segundo.Al llegar a la intersección de Avellaneda y Roca el semáforo nos unió en un mismo lugar e instante.

La miré desde el Falcon 72 reluciente, un chiche, recién pintadito, lustradito por todos lados, una joya de la mecánica, inigualable, rendidor, inoxidable, nada que ver con los vehículos que sacan ahora, puro plástico, pura cáscara.

Altanero, la busqué para tirarle una estocada fatal y, con una sonrisa irónica, le clavé la mirada sin ninguna hesitación que presagiara el morbo por gritarle a los cuatros vientos que no podía desairar a una joya como mi Falcon.

Era una mujer, treinteañera, rubia, larga cabellera, peinado de peluquería, ataviada onda actriz de televisión, con unos lentes enormes y un auto que hacía juego con su esbelta figura.

Igual no me amilané, seguí clavándole los ojos, total los semáforos en Santiago se han vuelto amigables y ahora nos dan los tiempos de espera, así que sabía que todavía tenía un momento para relajarla con sólo mirarla.

Mientras ella seguía imperturbable, manos en el volante, mirada hacia el horizonte, una música pegadiza surgía de un panel multicolor, si hasta un aroma a perfume francés parecía que embriagaba el sector donde nos hallábamos circunstancialmente.

Seguí con tiempo, esperaba el momento, mi momento, ese que no se olvidaría nunca más, ella que había osado sobrepasarme de una manera destemplada sin reconocer la hidalguía y enjundia de mi Falcon 72.

Cuando mis labios estaban tensos, presta mi boca y mi cerebro reverberaba a la espera de la orden letal, el semáforo conspiró contra mi ser y dio luz verde.

Allí salimos ambos. Bueno, es un decir, salimos sí, aunque con una diferencia notable, ella volvió a desairar a mi Falcon 72.