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De la responsabilidad parental a la esquizofrenia social

Nos llenamos la boca hablando de los derechos del niño, estamos inmersos en un mundo donde procuramos visibilizar a los más desprotegidos y desposeídos, y los niños son parte de ellos.

Se habló de que eran los únicos privilegiados y un montón de consignas efectistas y marketineras pero, en los hechos, los niños terminaban siendo una estadística sin corazón, sin gracia, sin sentimiento.

Vemos niños sin padres buscando un hogar, y vemos personas adultas que pregonan su deseo de ser padres, pero lo hacen desde un costado egocéntrico. No buscan niños en situación de vulnerabilidad y riesgo social, buscan un estereotipo de niño para afiche publicitario.

Las pantallas de televisión, las portadas de revistas y ahora las redes sociales nos bombardean con padres famosísimos que portan en sus brazos, como trofeos, a niños que engendran madres elegidas por su genética.

Estos padres no buscan a esos niños de caras tristes y abandonados a su suerte. Buscan a niños como se compra un auto, una causa o un vestido de alta costura. Los seleccionan en los escaparetes de clínicas que obran como tiendas exclusivas.

Por otro lado, vemos padres que se trenzan en peleas antojadizas poniendo en el medio del ring -como una bolsa de boxeo- a los niños que miran absortos y consternados cómo sus padres, aquellos que juraron amor eterno, que se regocijaron con su llegada, son los mismos que los maltratan cansinamente en sus luchas estériles por cuestiones de venganza, resentimiento o codicia.

También vemos padres que tienen una patología abandónica. Les encantó traer al mundo niños, como hacer dulces en una fábrica, pero luego se olvidan de ellos, y luego los recuerdan y lloran su ausencia, pero todo dentro de una “mise-en-scène”, una puesta en escena, donde los niños son los actores de reparto, mientras los protagonistas se fagocitan impunemente.

Casos sobran y dan lástima. Por ellos, que siendo grandes no tienen dignidad para llamarse a silencio, ser precavidos y no dar a conocer sus cuitas personales, pero fundamentalmente, por los niños que ajenos a las pujas de los mayores resultan ser los que sufren las consecuencias del mal entendido amor, que los descuartiza y los desparrama por los cuatro vientos.

Ahora, como entronización absurda de esta responsabilidad parental con la esquizofrenia social, vemos a Diego Armando Maradona -que luego de jurar mil veces por Dalma y Gianina- dejó un reguero de hijos extramatrimoniales y no reconocidos de manera exponencial, pero hoy en esas volteretas a que nos acostumbra su mente, carcomida por las adicciones, requiere criar a Dieguito el hijo que tuvo con Verónica Ojeda.