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La soberbia no es grandeza

Me late que, de tantos almuerzos y cenas, la doña Mirtha está un poquita hinchada.

“La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”, nos enseñaba San Agustín, y por las características que pinta la dueña de la comida televisiva, está hinchada nomás, pero no calóricamente sino de pura soberbia.

Por lo visto, lo que le sobra en años le falta en humildad. Se cree la intocable, la mejor, la insuperable y, como muchos pensamos, la Señora es insoportable y un gran bleff farandulesco, alimentado por los periodistas, cholulos y demás yerbas.

Enojada se fue de la entrega de premios TATO. ¿Por qué no le habían dado el premio que a ella le correspondía? Ese era su argumento. ¿Por qué le correspondía?, enumeraba los otros premios que tenía, como si eso solo le debía otorgar otro más.

Pobre mujer, lo que no sabe es que la mayoría de esos premios lo fueron para chuparle las medias, para alimentar su ego elefantiásico.

Como ya no saben por qué premiarla, algunos amigos estamos generando un pequeño sarcófago de oro para darle el premio Tutankamón. Seguramente, ella lo recibirá complacida y dirá que jugueteaban de chiquitos con el pequeño faraón.

Pero más allá de eso, yo le pediría a la Señora que ponga a dieta su ego, por lo menos por un rato, capaz que mal no le vendría.

Para colmo, todavía no se dio cuenta que lo que ella hace ni es arte ni es de mucha complejidad e imaginación. Se sienta a la mesa a “comer” con cuatro invitados y les hace preguntas que sus productores le escriben en papelitos.

Vida más cómoda y de holgazanería que esa no se conoce en el mundo y eso merece un premio mayúsculo, haber currado por años con una mesa, mantel, cubiertos y los invitados de siempre.

Pobre mujer, de tanto acariciarle la espalda se la creyó. Ahora no sólo soportamos su ego en el programa, sino que la vemos como niñita malcriada y caprichosa haciendo mohines, pataleando y llorando por los rincones, porque no le dieron su Tatito.