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Creyentes de mi pago

Dicen los mal pensados que San Cayetano viene de vacaciones a Santiago del Estero porque nadie le pide trabajo. ¡Por Dios!, qué irresponsabilidad, qué desconocimiento de nuestra realidad.

Los santiagueños somos un pueblo muy, pero muy creyente. En eso nadie nos gana, dice un vieja, mientras juraba por todos los ángeles y los santos.

Y será verdad nomás, habrá que creerle, porque ya sabemos que, al igual que Tomás cuando sus compañeros le dijeron que había aparecido Jesús, el desconfió y no creyó y cuando el Mesías llegó lo invito a introducir sus dedos en las heridas, ¡Por Dios!, cómo no creer.

Así somos los santiagueños, para nada incrédulos, estamos pendientes de oraciones y bendiciones, y para qué dudar, si después es más trabajoso creer desde la desconfianza y es muy costoso y pesado meter los dedos en las heridas y llagas.

Por ello, esta semana nos cobija nuevamente en una actitud contemplativa y, ensimismados, rezamos tanto por lo santos como por los fieles difuntos.

Es probable que de tanto rezarle a santos y a difuntos se producirá el milagro impensado, que más de uno de nosotros trabaje sin robarle al patrón ni dándose por enfermo cuando no lo está, de ser respetuoso con sus padres, de no engañar a su mujer, de cumplir como ciudadano con la ley y la convivencia cívica y de ser piadoso y caritativo para con los que más sufren, menos tienen y están solos.

No vamos a pensar que estos dos días la gente se tomará el asueto administrativo para otra cosa que no sea la reflexión y la contrición espiritual. ¡Qué ignorancia!

Esperamos, como debe ser, que cada uno de nosotros rece por todos los santos y por las almas de quienes ya abandonaron este mundo.

En estos días llenaremos con nuestra presencia tanto iglesias como cementerios. Aprovecharemos esta inmensa oportunidad que nos ofrecen de corazón las autoridades municipales y provinciales para poder recordar y venerar a difuntos y santos.

Nadie arriesgará su alma en engañarse a si mismo y a su Dios eterno, ni mucho menos a los Santos que uno les reza todos los días ni a los seres queridos que ya no están con nosotros. Es por ello que cada uno cumplirá con respeto y devoción el rito de ir a la iglesia y al cementerio, sin desatender ni por un momento estos días para reuniones familiares o con amigos, y, lo que sería peor, todo ello regado de alcohol y baile hasta la madrugada.