Nota de Tapa

Mala Praxis

La Cámara de Apelaciones confirmó el procesamiento de dos médicos acusados del homicidio culposo de una jovencita de 16 años, quien había ingresado al Sanatorio San Francisco por un cuadro de apendicitis, y falleció 72 horas después a consecuencia de la supuesta mala praxis. Detalles exclusivos.

El médico no se obliga a sanar al enfermo, sino a cuidarlo, a brindarle toda la atención diligente y técnica que corresponde al grado de evolución de la ciencia. En la generalidad de los casos, el médico –en el ejercicio de su profesión- le bastará haber desempeñado una actividad prudente y diligente para dar cumplimiento con la obligación asumida, aun cuando el enfermo no termine sanando o, en el peor de los casos, agrave su estado de salud o fallezca. El médico -salvo contadas excepciones- no promete el resultado pero sí asume el compromiso de utilizar toda su pericia, ciencia y técnica para lograrlo. No se obliga a sanar al enfermo, aunque sí a cuidarlo y hacer todo lo posible por mejorar su estado de salud.

De esta manera describe la Cámara de Apelaciones la conducta que debería tener un buen profesional de la salud en los considerandos de una resolución en la que confirma el procesamiento de dos médicos santiagueños acusados de la mala praxis que provocó la muerte de la adolescente Ana María Romano Siriani. Se trata del Dr. Octavio Eduardo Carabajal, médico cirujano, y del Dr. Federico Nicolás Sandez, médico de la Terapia Intensiva del sanatorio San Francisco, ambos están acusados de homicidio culposo. El tribunal, integrado por los Dres. Gloria Cárdenas, Cristian Vittar y Abelardo Basbús, consideró también que “nunca se debe olvidar que la actividad médica opera sobre seres humanos y que cada individuo reacciona de manera disímil, respecto de los demás, por lo que requiere dosificaciones distintas del arte curativo. La medicina no forma parte de las ciencias exactas, intervienen con frecuencia elementos impredecibles, interfieren y sorprenden riesgos extraños, de difícil previsibilidad. Para que la intervención profesional sea legítima debe, además de perseguir el fin de curar y ser la indicada, ejecutarse conforme a las reglas del arte médico que, en general, no constan en ningún texto de seguimiento obligatorio”. Dichas reglas “están dictadas por la experiencia, son aceptadas generalmente e indican cómo se debe actuar frente a las diversas situaciones”, según lo destaca Marco Antonio Terragni, en su trabajo denominado “El delito culposo en la praxis médica”.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, los magistrados entendieron que los médicos aludidos “no obraron como es debido”. Pero, ¿qué hicieron? ¿Por qué fueron acusados de la muerte de una jovencita de apenas 16 años?

¿Por qué la justicia los procesó como responsables de un homicidio culposo? Para entender de qué se trata, hay que volver la vista atrás.

ANA VIRGINIA

Ana Virginia Romano Seriani era una adolescente feliz. Muy feliz. Cuando se calzaba los patines y salía a la pista, su estilizada figura brillaba ante las luces. Parecía volar. Con 16 años recién cumplidos se había convertido en una profesional del patinaje artístico. Participaba de cada torneo de la especialidad, cosechando medallas y trofeos de distinta índole. La responsabilidad con la que entrenaba había dado sus frutos. El esfuerzo que había hecho desde los cinco años no había sido en vano. Era su pasión, y descollaba en ella.

Pero no era lo único que despertaba ese apasionamiento en la jovencita. El ajedrez formaba parte de su entusiasmo. A tal punto que en 2013 llegó a participar de un torneo internacional. Si bien no ganó, estuvo orgullosa de haberse codeado con los más grandes entre las tablas, de haber adquirido una experiencia única, que la hacía soñar con el próximo campeonato.

Las culturas orientales también la movilizaban. Era fanática del pop electrónico de estilo coreano. Ese entusiasmo la impulsó a estudiar el idioma coreano, que ya leía y hablaba con bastante fluidez. Es más, la ambientación y ornamentación de su cumpleaños de 15 tuvo que ver con el estilo oriental.

Tantas actividades curriculares no la hacían descuidar sus estudios. Durante la primaria había sido abanderada del colegio Mater Dei en La Banda y, con sus excelentes calificaciones, ya se perfilaba para repetir el logro en la secundaria, mientras cursaba el 4º año “A” en la institución que la había visto crecer desde el nivel inicial.

No acostumbraba a salir a los boliches, aunque se reunía con frecuencia con un grupo de amigos, en la casa de alguno de ellos. Juntos, iban al cine, comían pizas y reían hasta cansarse. Su único hermano era el amigo más fiel e inseparable. Sus padres eran sus consejeros, sus guías en el camino de la vida.