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El largo regreso a casa


Los restos del dirigente radical Luis Alejandro Lescano, desaparecido en marzo de 1976, fueron inhumados en Santiago del Estero. 41 años después, el abogado que defendía a los indefendibles, puede descansar en paz.

Los almanaques fueron arrancando sus hojas una y otra vez. Los días fueron convirtiéndose en meses, en años, en décadas. El tiempo fue pasando inexorablemente, borrando historias, olvidándose de nombres, dejando palabras en el tintero y guardando silencios obligados. Sin embargo, los nombres de los desaparecidos argentinos nunca pudieron ser olvidados ni mucho menos arrancados de la historia viva del país.

Los buscaron hasta el cansancio. Los lloraron hasta agotar lágrimas. Pero nunca dejaron de esperarlos. Cuántas madres murieron con la esperanza de ver regresar a sus hijos. Cuántos hijos soñaron con conocer a sus padres. Cuántas mujeres añoraron con volver a sentir el abrazo de sus maridos y novios. Cuántos hombres evocaron las caricias de sus esposas. Cuántos hermanos repitieron en sus sueños a aquellos que nunca regresaron.

“La espera es un abuso de conciencia para el que espera porque sabe que está esperando y no puede evitar asumir el rol del ausente, imaginando diálogos que nunca se producirán, porque el fastidio de la espera hace evidente que el ausente es posible sólo si lo esperan”.

Este juego de palabras del recordado Adolfo Castelo describe a la perfección la historia de vida y la larguísima espera que debieron soportar los familiares de Luis Alejandro Lescano. Una espera que duró 41 años

41 años de esperar y esperar, imaginando esos diálogos, esperando que el ausente abriera las puertas de un hogar destruido por el dolor.

41 años sin que la familia pudiera rearmar el rompecabezas que significó la desaparición del dirigente radical.