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La grieta de la exportación

Como el dulce de leche, el tango, la birome o el colectivo se suma a los grandes inventos argentinos, la grieta, ¡si! La mismísima grieta forjada de la retórica del gordo Lanata la exportamos y prendió fuerte.

Nos creíamos el ombligo del mundo, pero no lo somos, aunque desde nuestras entrañas nacen hitos históricos. Allá por la mitad del siglo XX fue Perón quien pergeñó una “tercera posición” que fue apropiada por decenas de países en América, Asía y África, y lo que la política generó en la última década se perfila como una grieta que se expande al resto del mundo.

Si nuestros inventos “políticos” son buenos o malos no lo sabemos, habría que dejar pasar mucha agua debajo del puente de la historiografía universal, pero de lo que estamos seguros es que siempre damos la nota y embocamos algún acierto académico.

Nuestra grieta vernácula no sólo se mantiene viva y expectante, sino que cobra más ímpetu y hasta se ensancha en ciertos momentos de la frenética carrera por el poder local. Pero lo que llama la atención son las grietas que se van incrementando a lo largo del mundo en este último tiempo y al influjo y medida de la muy nuestra y autóctona.

Norteamérica vive un momento único, casi irrepetible y nunca visto. Jamás un presidente americano provocó tanto escozor, tantas dudas y diferencias incluso desde antes mismo de su asunción.

Por primera vez en la historia de la gran potencia, la palabra de un presidente es cuestionada por el pueblo de una manera desvergonzada y sin miramiento alguno. Personajes públicos lo incomodan y le hacen notar que están en sus antípodas y que no comulgan ni con sus ideas ni con sus acciones.

Se ha llegado al colmo que su predecesor lo critique públicamente, cuando es común y casi una tradición que los ex presidentes se guardan a silencio y nunca más salen a hablar de la política desplegada por el colega en actividad, pero esta vez la grieta se ha producido a lo largo y ancho de los Estados Unidos. No sólo es el público ignoto sino son celebridades y ex presidentes, y eso sí que es una marcada diferencia que jalona un hecho sin precedentes, una línea demarcatoria difícil de superar y sospechosa de predecir hacia futuro.

Todo buen presidente de la Nación tiene como mandato principal ser la conjunción de unión de su pueblo, nunca la piedra de la discordia. Si así fuera, el germen de la disgregación se encuentra latente y es un incordio que resulta incomprensible para la sociedad y un escollo para un buen transitar de la administración en ejercicio. En el caso de Donald Trump ya se ha erigido como el linde entre la racionalidad y el delirio prepotente, nihilista, intolerante a más no poder.

En vez de buscar que la Nación se encamine a una dirección, Trump divide las aguas y hace irreconciliables a los distintos contendientes, sean congresistas, jugadores de fútbol americano, estrellas de cine o simples ciudadanos.