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Deportes para el recuerdo

Confieso que no soy un gran deportista. A decir verdad, poco y nada me motiva el deporte para practicarlo.

Mi contacto con el deporte es sólo de esparcimiento dominical, viendo algún partido de fútbol, alguna que otra vez una pelea de box y, de vez en cuando, un partido de rugby de Los Pumas o un peloteo tenístico.

Me imagino que como yo hay millones de personas en mi misma situación, el deporte es algo más, pero no mucho más que algo que puede llamarnos la atención de vez en cuando, sobre todo si hay algo diferente, inusual o anecdótico.

Cuando paseo de manera autómata con el control remoto por todos los canales del cable y veo deportes rarísimos, generalmente propio de la parafernalia yanqui, no puedo creer que existan tipos que golpean una pelotita con un bate mientras mastican chicle, o intentan meter otra pelotita con otro palo en un agujerito chiquitito y lejos de donde están, y nada de salsa, sino que es golf a secas.

Me aburría de chico cuando Daniel Scioli salía campeón corriendo sólo en un bote enorme. Ni que hablar de esos torneos donde levantan pesas o nadan por el medio de un mar embravecido. A quién se le puede ocurrir eso.

Ciertamente hay millones de personas en este mundo y hay cientos de deportes que se practican y se disfrutan, pero a veces resulta risueño ver algún deporte que poco y nada tiene que ver con nosotros se convierte en algo atrayente y único.

En este discurrir intelectivo, muy ensimismado y poco esclarecedor, no encuentro razón para que, de golpe y porrazo, nos hayamos vuelto fanáticos del motociclismo.