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El año de Mauricio y Cristina

Ambos se aborrecen, se detestan y no se aceptan mutuamente. Entre ellos no hay química ni empatía, solo distancia, incordio y destrato intelectual. Pero a pesar de todo se necesitan y se ayudan mutuamente, esto último por cierto no de manera consensuada ni admitida, solo que sobre los supuestos flancos débiles y yerros del otro se posiciona el contendiente para abroquelarse en su objetivo propio.

Actúan en política pero su pasado los diferencia, sus modos y pensamientos los muestran en las antípodas entre sí.

Pero la política todo lo puede incluso hasta converger en una sociedad de hecho y a la fuerza donde ambos le quieren sacar provecho al otro de su propia relación, digamos enfermiza y caótica.

Enseña el filósofo Santiago Kovadloff que “La política es un ejercicio moderado de la maldad, pero a la vez es imprescindible porque sin ella no hay organización social”, y en ese entramado teórico se pasean tanto Mauricio como Cristina, recurren a la maldad insita de la perversa política para sacarse ventajas y usufructuarla en beneficio propio, mientras en el medio, expectante y desesperado, se muestra el gran pueblo argentino.

Ellos son como el Dios romano de las puertas, los comienzos y los finales, Jano el dueño de las dos caras, cada una enfrentada mirando un horizonte diferente, pero partiendo de una misma matriz icónica, en nuestro caso la revolucionada política vernácula, donde amores y pasiones confluyen en busca del poder mismo, uno para retenerlo la otra para recuperarlo.

Ya hace un año que vivimos ese juego de ambivalencias y equilibrio entre Mauricio y Cristina, ambos haciendo malabares para cruzar el tembladeral que implica un poder en crisis, un Estado elefantiásico y una sociedad requirente y quisquillosa pero profundamente autónoma.