Policiales

¿Víctimas o Encubridoras?

Ser madre es ser incondicional de los hijos, sacrificarse por ellos, priorizarlos, entregarles todo: tiempo, gustos, esfuerzos, dinero. Es sufrir por ellos en perpetua abnegación, vivir para ellos, hacer de ellos el centro de la vida y esperar de ellos todas las alegrías y recompensas. Encontrar en ellos el sentido de la vida. Por los menos es lo que siente la mayoría de las mujeres que se convirtieron en mamás. De ellas se espera todo, hasta que renuncien a sus propias vidas por sus hijos. Es un mandato cultural que viene escrito desde el momento en que la mujer se gradúa como madre.Sin embargo, se transforman en culpables y son señaladas como tales cuando se descubre que sus hijos o hijas fueron víctimas de abuso sexual cometido por padres, padrastros o familiares cercanos y que ellas, aparentemente, no hicieron nada para frenar las violaciones ni mucho menos para proteger a sus hijos ante tanto dolor y sufrimiento.

Cada vez con mayor frecuencia las noticias policiales multiplican los casos de menores violados por miembros de su propia familia. Cada uno tiene su arista particular, pero todos tienen el común denominador del calvario que viven esas criaturas, hasta que logran salir de ese infierno en el que estaban atrapados desde hacía años. Son casos reiterados; sólo difieren las identidades de sus protagonistas. Por eso, a muchos pueden parecerles como situaciones comunes y, por lo repetitivas, hasta cansadoras.

No obstante, cuando en las crónicas del horror se señala que las madres de esos menores abusados conocían los padecimientos de sus hijos, la reacción inmediata es acusarlas de cómplices de los hombres del que un día se enamoraron, o de encubrir los abusos sólo para protegerlos. Para todos, esas mujeres son el peor ejemplo de la maternidad. Simplemente, se las cataloga como malas madres.

CULPABLES, SUFRIDORAS

Hablar de madres cómplices es decir encubridoras del hombre abusador, con una complicidad que estaría alimentada por varios temores: temen que si apoyan a sus hijos el hombre las dejará y de él dependen económicamente, temen que el hombre las agreda con más violencia de la que ya ejercía contra ellas o se vengue de ellas de mala manera, en comunidades pequeñas temen al hombre o a su familia si tienen poder... Son temores similares a los que frenan a una gran cantidad de mujeres para tomar distancia de maridos que las violentan físicamente. Son siempre temores al poder ejercido como dominio, imposición y agresión. Temores al abuso del poder. En otros casos, la madre asume ese rol de “sufridora” que la cultura asigna como “virtud” a las mujeres y siente alivio de que el hombre la deje en paz a ella aun cuando busque a la hija. En estos casos, más que ser cómplice del hombre, la madre, haciendo un malabarismo emocional, busca que la hija sea cómplice de ella, en sus frustraciones. Piensa: “Yo he sufrido con este hombre, ahora te toca sufrir a vos”. Hay mujeres que no quieren ser las únicas que sufren y quieren que sus hijas sepan también lo que es sufrir. Otras madres asumen ese otro rol que la cultura machista enseña a las mujeres y que las mujeres tan velozmente aprenden: el de competir entre sí por la atención de los hombres. Desde esa óptica, consideran que si su hija cayó en manos del hombre fue porque “se puso de enemiga de ella y le quitó al hombre”. La competencia o rivalidad madre-hija se nutre también de todos los prejuicios y mitos que rodean el abuso sexual y el incesto: que los hombres son así, que si una mujer o una niña los excita no se pueden aguantar, aun cuando sea su propia hija o viva en su casa, que si una esposa no complace a su marido el hombre tiene “derecho” a buscar satisfacerse con sus hijas… Por esos caminos, el hombre abusador se visualiza como des-responsabilizado, al menos para esa madre.