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La “carta de navegación” pública nacional

Al cabo de sólo 2 meses de gestión, el nuevo gobierno nacional ya fijó un renovado y decidido rumbo, pero dejó aún abierta la velocidad definitiva de su marcha en esa dirección establecida, en lo que podríamos definir como un “mix” de un shock del cambio de la dirección y de un gradualismo, en cuanto a la velocidad en transitar en ese rumbo, hacia las metas pautadas.

En lo político, abrió numerosos y concretos e in pensados escenarios de pragmáticos diálogos y búsquedas de prácticos consensos administrativos básicos de la “cosa pública” con la oposición nacional partidaria, fijando una clara prioridad al parámetro de las situaciones de responsabilidad de oficialismo y de oposición en cada provincia que al de los signos políticos distintos.

En lo económico, unificó con una hábil y capaz estrategia de shock el tipo de cambio, sin mayores consecuencias traumáticas, y optó por el gradualismo, tanto para alcanzar un imprescindible equilibrio fiscal, como para reducir la inflación, cuestiones ambas íntimamente relacionadas por la política monetaria.

Además, inició una rápida y también renovada política de renegociación de la deuda pública litigiosa, aún pendiente, con los acreedores externos, los llamados “hold out”, para obtener del ahorro exterior, tanto el necesario financiamiento público como el imprescindible ingreso de las inversiones, para reactivar la capacidad productiva del país.

DÉFICIT FISCAL

Fijo asimismo, a modo central de la referida “carta de navegación” pública nacional, las metas de la reducción del déficit fiscal anual, desde el -7% del PIB heredado del año 2015 hasta un 0% en el año 2019, y consistentemente con ello, de la inflación anual, desde la actual, estimada en un +30%, hasta un +5% en el año 2019.

La racionalidad, con la imprescindible equidad, solamente en la administración pública del sector de la energía y el transporte, significa disminuir el déficit fiscal en alrededor de un 1,5% del PIB y disminuir la ineficiencia más erradicar la corrupción resultaría en otra cifra similar, por lo que la probabilidad del cumplimiento de las metas fiscales establecidas hasta el año 2017 parecen altas.

De allí en más, como en todo cambio de rumbo, mantener la velocidad de la reducción del déficit fiscal, y de la inflación, parecen más difíciles. El contexto internacional también juega, y mucho. El llamado “viento de cola exterior” del crecimiento chino, de los elevados precios de los productos que exportamos, del arrastre de Brasil y de las casi nulas tasas de interés del capital, todo simultáneamente, ha disminuido relevantemente.

De cualquier manera, disponer de un programa macroeconómico de estabilización de las cuentas públicas, aunque sea de corto plazo, de un mayor diálogo entre los distintos ínter sectores políticos y privados productivos, de una búsqueda de los consensos, aunque estos resulten básicos y mínimos, de fijar un conjunto de reglas racionales, claras de interpretar y vigentes en el largo plazo, de integrarse al mundo como un país homólogo al desarrollo moderno, no es poca cosa, en los términos relativos al estado de situación de dónde venimos.